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Kasbah Ait Ben Haddou, Patrimonio de la Humanidad

 

 

Estos muros de piedra y arcilla roja han sido fortificados durante siglos por quienes recorrieron la ruta de comercio del desierto y, a últimas fechas, por la industria cinematográfica.

 

Mi historia no es nada común, lo sé. Y pocas fortalezas pueden decir lo mismo. Pero yo soy la Kasbah de Ait Ben Haddou y todo lo que les cuento es cierto. Me encuentro a las orillas de la cordillera del Atlas, cerca del desierto que hoy llamamos Sahara, en la provincia de Ourzazate en Marruecos.

Durante siglos mis muros resguardaron a los comerciantes que cruzaron el desierto para adquirir productos que quitan el aliento. Año tras año los vi pasar cargados de oro, marfil, especias y, en ocasiones, de esclavos. Fui testigo de sus pasos para llegar al corazón de África y los vi partir hacia el Levante.

Atravesar el desierto no es fácil y para los comerciantes es aún peor pues el comercio es sinónimo de riqueza y eso atrae a bandidos dispuestos a todo para apoderarse de sus tesoros. Por ello las caravanas podían llegar a tener hasta 12,000 camellos. Por esa razón me convertí en una kasbah o ciudad fortificada. Mis muros, altos e imponentes son indispensables para proteger a mis habitantes.

 

Llevo el nombre del buen Ben Haddou, quien me mandó construir en el año 757. Como les explicaba, mi destino ha estado siempre ligado al comercio, florecimos juntos. Empecé como una pequeña construcción y conforme las rutas de comercio cobraron importancia, también lo hicieron mis muros. Mi punto de esplendor fue a finales del siglo XVI. Fui creciendo y transformándome durante siglos hasta tener el aspecto que tengo hoy día.

 

Si algo he aprendido es que todo cambia, se mueve y desaparece como las huellas de los comerciantes entre las arenas del desierto. Hoy las caravanas son de autobuses con turistas que vienen a conocerme. Al igual que en otros tiempos, me visitan antes o después de sus aventuras en el Sahara, al que llegan en modernos vehículos. Los camellos sólo se utilizan en una muy pequeña parte del trayecto.

 

Mis muros ya no dan alojamiento a los viajeros. De hecho, desde que me nombraron Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, solamente 10 familias viven entre ellos. Del otro lado del río, cerca de la carretera, construyeron una ciudad moderna a fin de que mis habitantes pudieran vivir más cómodamente junto con los turistas sin que esto dañara aún más mis murallas milenarias. A lo lejos veo a los viajeros calmar su sed y descansar.

 

Lo que no ha cambiado es el ingreso. Como hace miles de años, aún hoy se tiene que cruzar el río saltando de una piedra a otra para llegar a mis muros. Mientras los visitantes se acercan tratan de recordar en qué película los han visto antes. ¿Será en El gladiador o en Lawrence de Arabia? ¿En Kundún o en La Joya del Nilo? ¿En La última tentación de Cristo o en una película de James Bond? La respuesta correcta es…en todas.

Por mis dimensiones, mi belleza y mi estado de conservación, mis muros –que arrancan suspiros a sus visitantes– son un inmejorable set para las grandes producciones cinematográficas. Desde hace más de medio siglo han adornado multitud de películas. Además de la derrama económica para la zona, muchas inversiones se han hecho para conservarme y restaurarme. Por ejemplo, mi imponente portal fue construido para una película: La Joya del Nilo.

 

Cruzar ese portal es un viaje en el tiempo. Mis muros te rodean y, de pronto, no hay más que arcilla roja, arena, el calor del desierto y el verde de las palmeras. Paso a paso, entre mis calles estrechas puedes sentir que eres un comerciante descansando antes de proseguir tu camino o soñar que eres el protagonista de alguna de tus películas favoritas. Yo soy Ait Ben Haddou y me gusta que mis muros hagan realidad esos sueños.

 

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