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Radionovela: apague la luz y escuche

Un enternecedor recuento de la radionovela, de aquellos tiempos en que el espectro radiofónico dominaba los hogares mexicanos.

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Con epicentro en el cuarto de la portera de la vecindad, la feria de decibeles cruzaba, indómita, tendederos, lavaderos, zotehuelas, visillos, corrales de pollos, perros al sol y macetas, en el preámbulo del drama interminable, el rechinido de dientes, la maldición al infame: “La historia desventurada de Anita de Montemar, una mujer a quien se le agotaron las lágrimas”.

De noche, el silencio aguardaba la orden de Arturo de Córdova: “Apague la luz y escuche”. La abuela, la tía, la mamá, el padre, la prole en círculo compacto en torno al enorme RCA Victor, cuyos minutos se agotaban con el calentamiento de los bulbos.

La primera vez fue en 1931. Aurora Welter y Julio Taboada dramatizando en la radio una obra clásica… por entregas, La senda. La harían larga Carmen Montejo, Manuel Bernal, Rafael Banquells, Narciso Busquets, Carlota Solares y Omar Jasso.

Los dramas de la vida. La ingratitud de los hijos. El marido que huye. El amor sin respuesta. De Gutierritos a El derecho de nacer, pasando por Una flor en el pantano o Corona de lágrimas.

En el nombre las radionovelas cargaban la fama: Ave sin nido, El diario de una madre, La dramática historia de Francisco Velasco, Pasiones borrascosas, por cortesía de Lerdo Chiquito.

Prudencia Griffel, la cabecita blanca, enloquecida de dolor. El padre implacable que ordena matar el pecado de la honra. La infamia contra un burócrata inocente.

Max y Carlota

Ahora que la radio se volvía escuela con la vida de Carlota y Maximiliano, San Felipe de Jesús o Arsenio Lupín, por más que de pronto al son de Yo pecador, el tenor José Guadalupe Mojica contaba su conversión de crápula a religioso, en tanto se desgranaba la historia de Jorge Negrete.

Y de pronto Velia Vegar alertaba a Tomás Perrín: “¡Cuidado Carlos!”, cuya respuesta se volvía estribillo al fragor de la serie de Carlos Lacroix: ¡Dispara Margot!

Y mientras Pedro Infante y Eulalio González “Piporro”, estelarizaban las aventuras de Martín Corona en la sala de espera de entrar al cine, Manuel López Ochoa le ponía el suspenso a la vida de “Chucho El Roto”.

La imaginación de Mimí Bechelani, Félix B. Caignet, Carlos Chacón Jr., Raúl del Campo Jr., Víctor Fox o Yolanda Vargas Dulché era inagotable, en un collage que alcanzaba El ídolo de barrio, Al final de la luz, Al pie del altar, Angustia del pecado

La promesa hablaba de una historia cada día en El monje loco.

La radio al cine

Ahora que en venganza por las radionovelas que se volvieron películas: La diosa arrodillada, Angelitos negros, Anita de Montemar… la radio llamó a las estrellas del cine a dramatizar las series. Así Silvia Pinal, María Elena Marqués, Roberto Cañedo, Víctor Alcocer…

La escena se completaba con la vida de Kalimán, el hombre increíble, cobijado por la magia de los efectos sonoros, el galope de caballos, el balazo, el portazo, la caída…

En el revoltijo, algunos de los dramas se llevaron a la historieta, alcanzando tirajes inusuales. La vida de Porfirio Cadena, “El ojo de vidrio”, se arrebataba de los quioscos.

Y de pronto, Carmen Montejo y Alicia Montoya provocaban nudos en la garganta con el drama Bodas de odio. Y David Reynoso le jugaba al Juan Charrasqueado, mientras Maricruz Olivier inmortalizaba a Gigí.

El punto de encuentro de la familia. El solaz de las amas de casa en la tregua matutina. El eje de la vida. El tráfago de los sueños.

Lágrimas de radionovela.