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Dar Les Cigognes, Marrakech

Esta emblemática construcción del continente africano, convertida en un hotel boutique, desafía los siglos con el encanto de su misticismo.

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Estoy dentro de la Medina o barrio antiguo de Marrakech. A mis espaldas se encuentra el barrio judío. Frente a mí los muros del palacio El Badi, a unos metros del mercado de especias. Mi ubicación explica en parte mi historia. En las torres del muro del palacio anidan las cigüeñas. Este hecho es lo que dio lugar a mi nombre actual: Dar Les Cigognes o Casa de las Cigüeñas. Permítanme que les cuente mi historia.

Estas paredes guardan muchos secretos de mi barrio y mi ciudad. Me construyó un mercader de especias judío hace ya 450 años. Pensando en la seguridad, me dotó de muros gruesos y fuertes. Mi dueño siguió casi todos los cánones de la arquitectura árabe de la época: tengo delicados adornos en los techos, primorosas celosías de madera y un patio central que es el corazón de todo cuanto aquí acontece. Digo casi, porque además de las ventanas que miran hacia mi patio, tengo ventanas hacia el exterior, lo cual no sucede en las construcciones árabes, en ellas la mirada es siempre al interior.

Cuando los judíos llegaron a Marrakech huyendo de España, el sultán comprendió que tenían valiosos conocimientos y para protegerlos, los situó frente al palacio. Esa es la razón por la que me encuentro aquí. Los antepasados de mi dueño empezaron trabajando con estaño, al que hoy llamamos hojalata; después con las especias, por ello me construyeron cerca del zoco o mercado de especias de Marrakech. Las especias son el alma y el corazón del país. No sólo dan sabor a su comida, también llenan las calles con sus colores y aromas. Siempre huele bien a mi alrededor.

La discreción es importante. Mi portón lo es. No dice mucho del tesoro que guardo en mi interior. Me gusta ver la cara de asombro y gusto de mis visitantes cuando cruzan el portal por primera vez. ¿Por qué digo visitantes? Verán. Los años fueron pasando y se convirtieron en siglos. Mis dueños me heredaron a sus hijos y ellos a los suyos. A pesar de que el tiempo causa estragos en cualquier muro, no fue el tiempo lo que cambió mi destino, sino los rencores.

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Desde su llegada la relación entre los judíos, árabes y bereberes en Marruecos fue siempre muy buena. Una convivencia en paz y armonía, hasta la llegada de los franceses en el siglo XX. Comenzaron las diferencias que se hicieron insalvables, hasta que muchos de ellos abandonaron el país después de la Segunda Guerra Mundial. Vi cómo las casas a mí alrededor se iban vaciando y eran rentadas a otros vecinos.

El comienzo del milenio trajo muchos cambios para mí. Una pareja llegó a pasar el Año Nuevo en la ciudad y pronto se enamoraron de ella. ¿Cómo no hacerlo? Marrakech los envolvió con el encanto de las estrechas callejuelas de la Medina; el alboroto del zoco y la Plaza Jamaa el Fnaa, los sedujo con los aromas y el sabor de su comida. Decidieron comprar una propiedad y me encontraron a mí. Así llegué a manos de Eben y Tanja, quienes decidieron convertirme en un Riad, o pequeño hotel. ¡Tuve tanta suerte con ellos! Cuidaron cada uno de los detalles para mi remodelación. Respetando los muros y distribución original, eligieron colores suaves para las paredes para que los huéspedes llegaran a un remanso de paz dentro del bullicio de la ciudad. Cada una de las habitaciones fue decorada con un estilo diferente, cuidando hasta el último detalle.

Quienes visitan Marruecos saben que se puede conocer mucho de un lugar a través de su comida. Por ello muchos visitantes quieren aprender a preparar esos deliciosos platillos como el Tagine o Cous cous. Mis dueños decidieron organizar clases de cocina personalizadas para ellos. Me precio de haber sido el primer Riad en ofrecer ese servicio. Bajo el cuidado de Pierre, el gerente, veo a mis huéspedes aprender los secretos de esta cocina ancestral y sus caras de contento. En el recuerdo de esos platillos, llevan consigo de vuelta a su país un poco de Marruecos y de Dar Les Cigognes.

@FernandaT