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El Camino Real Tierra Adentro

Una crónica por el presente y el pasado de los pueblos del sur de Texas, de la pluma de nuestro historiador.

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Recientemente realicé un recorrido por el sur del estado de Texas con el objetivo primordial de asistir a la reunión semestral de la Big Bend Studies, de la Universidad de Sul Ross, en Alpine, a cinco horas en automóvil de la ciudad de San Antonio. ¿El motivo? La universidad distinguió al Centro de Estudios de Historia de México Carso para formar parte de la mesa directiva de dicho programa.

Después de la reunión me esperaban grandes sorpresas. El sábado 12 de marzo, a las siete de la mañana, iniciamos el trayecto por la zona sur del estado; recorrimos una carretera en medio de tierras semidesérticas donde las colinas o montes no existen. Es decir, un terreno plano y casi inhabitado, excepto por la fauna que se dejaba entrever como jabalíes, venados, conejos y hasta vacas, propiedad de los grandes ranchos de la región.

La primera parada fue en Presidio, perteneciente al condado de Presidio. Esta pequeña población ubicada al norte del río Bravo, pareciera más una ciudad mexicana que norteamericana. Fuimos recibidos por uno de los grandes propietarios del lugar y me dio la impresión de estar en mi país más que en tierras norteamericanas. Nos acercamos al río desde su propiedad y nos informaba que de acuerdo a recientes trabajos arqueológicos hubo grupos sedentarios desde el año 1200 de nuestra era.

A su vez, el lugareño refirió que Alvar Núñez Cabeza de Vaca en 1535, en compañía de su esclavo negro Estebanico, fue el primer occidental que llegó a estas tierras junto con otros españoles e indios del centro, y se encontró con los autóctonos. Llamó al lugar La Junta de las Cruces. Posteriormente fue llamado El Presidio de San Juan Evangelista, y finalmente La Junta de los Ríos, habitado primordialmente por los indios jumanos.

Desde el rancho observaba a un pescador a la orilla del río que, en silencio y sin moverse, esperaba atrapar algún pez con una caña que subía y bajaba lentamente; vestido de color claro y con la camisa abierta y portando sombrero tejano de alas anchas, dejaba entrever su paciencia a pesar de los visitantes que rompíamos su privacidad. Pregunté qué se pescaba en el lugar. Y en secreto el informante me decía que no era un pescador sino un vigilante de la zona quien resguardaba que nadie cruzara el tranquilo río.

Con el sol en la cabeza regresamos a los automóviles. Tras recorrer dos kilómetros nos detuvo “la migra”. “Hello. Your papers please”, nos pidió en inglés. Mis tres acompañantes eran norteamericanos. De forma muy amable el guardia me pidió el pasaporte, al preguntarme de dónde venía, y al percatarse del acento, se dio cuenta que yo era mexicano. Con la confianza que le satisfizo ver las placas del auto y darse cuenta que eran americanas, el joven uniformado (camisa, pantalones y cachucha color verde olivo), pertrechado con un arma poderosa, nos dio el paso no sin antes permitirme tomar una fotografía con él. Sólo pidió desprender su nombre de la bolsa izquierda de la camisa. Conocer a la migra mediante este guardián, me causó sorpresa por su amabilidad y buen trato.

Pero las sorpresas continuaban. Cruzamos la frontera del Presido y llegamos al puente para ingresar a Ojinaga, Chihuahua. Sin ninguna petición de papeles en la aduana, pasamos a una ciudad que me llamó la atención por dos causas. Una, el queso suadero y el pan recién horneado, uno de los mejores que he probado. La segunda, los murales de la casa de gobierno, muestra de la reconciliación de este pueblo con su historia: en la pintura al fresco, la representación de un conquistador ofreciendo la mano a un indio. Jamás pensé estar allí. Destaca en la ciudad el resto de un antiguo presidio militar colonial, así como un templo del siglo XVIII restaurado y la limpieza de su centro histórico.

Ojinaga recibe su nombre por el militar liberal Manuel Ojinaga (1834-1865), quien combatió a los franceses y perdió la vida defendiendo al gobierno de Benito Juárez.

A unos cuantos kilómetros de la ciudad se puede visitar uno de los cañones más impresionantes de México. Según me informaron es una fractura de la tierra que abrió sus costados y permitió que al fondo se formara un río limpio que cruza toda la fractura. Es verdaderamente espectacular.

Al regreso la cola de automóviles nos retrasó enormemente. La revisión estricta de la frontera a los Estados Unidos es muy cuidadosa. Para cruzar hay que presentar los documentos de identidad. Los norteamericanos, sin problema, mostraban sus tarjetas enmicadas con fotografías. Yo pasé mi pasaporte que rápidamente el guardia deslizó con suavidad en la computadora dentro de una cabina pequeña, una de las cuatro que vigilaban el paso; sin darme cuenta que había sellado el documento, éste me fue entregado.

Posteriormente la camioneta se dirigió a San Elizario, situado en el condado de El Paso Texas, una villa que llama la atención por sus vestigios coloniales que muestran claramente que fue un presidio de defensa de la corona española. Aquí la gran sorpresa me esperaba. Pero eso es tema del próximo artículo. Por ahora me quedo con la reflexión de que el conocimiento de esos pueblos del sur de Texas aún está por estudiarse. Y al entrar a esos asuntos, ingresamos necesariamente a la historia de nuestro país, pues esas tierras se perdieron con la invasión norteamericana de 1848.

Continuará…

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