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Cuatro amores trágicos de nuestra historia

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Estas parejas estuvieron marcadas por el destino romántico, amores que nunca llegan a cuajar. Su conclusión nos recuerda que muchas veces la realidad supera a la ficción.

Amado Nervo y Ana Cecilia Luisa Dailliez

El periodista y poeta nayarita de tez amable y rostro anguloso, se encontraba en París como enviado del diario El Imparcial para cubrir la Feria Internacional de 1900 y salió a la calle porque no soportaba el terrible aburrimiento en que vivía, tropezó con una mujer “rubia y nevada” que también deambulaba por el barrio latino.

–No soy mujer para un día, le advirtió la dama

–¿Y para cuántos?, preguntó el poeta.

–Para toda la vida, fue la respuesta.

La eternidad sólo duraría 11 años.A partir de este encuentro fortuito, en agosto de 1901, se desató una pasión incontrolable, los enamorados se veían todos los días pero todo ocurría a escondidas. Pudieron más los prejuicios sociales y el “Nervo tradicionalista”, para refundir esta pasión secreta en el armario.

Carlos Monsiváis en la biografía sobre el vate, Yo te bendigo, vida, cita a Nervo: “Como aquel cariño inmenso no estaba sancionado por ninguna ley… no teníamos el derecho de amarnos a la luz del día, y nos habíamos amado en la penumbra de un sigilo y de una intimidad tales, que casi nadie en el mundo sabía nuestro secreto”.

Nervo regresa a México en 1904 para dar clases en la Escuela Nacional Preparatoria, participar en la Revista Moderna y preparar su ingreso al cuerpo diplomático, lo cual se da en 1905.Gracias a una recomendación de Justo Sierra, se convierte en segundo secretario de la legación de México en Madrid y Lisboa.Los enamorados viajaron por Europa, escondiéndose de las miradas de todos, tanto que para algunos Nervo era más bien un solterón que extrañamente siempre estaba feliz e incluso corría la versión de su homosexualidad.

Así transcurrió más de una década de gran felicidad, acaso algunas de las páginas más contundentes del poeta se pergeñaron durante este idilio y varios de sus mejores poemas fueron escritos para Cecilia. Bien dicen que la dicha no es para siempre y en diciembre de 1911 Ana Cecilia enfermó de fiebre tifoidea y su agonía fue terrible, el poeta veía cómo poco a poco su amada perdía la conciencia. Si bien Nervo estuvo al pendiente durante las ominosas noches, de acuerdo con el historiador Alejandro Rosas, “en el día la clandestinidad le cobró caro la afrenta de tanto tiempo”. Y es que el nayarita tenía que atender los múltiples asuntos de la legación diplomática, escribir cartas, comentar cuestiones literarias y esconder sus cuitas hasta que le resultó imposible.

Su pesar lo refleja en una carta que le escribe a su amigo Quintanilla:

“Muy querido hermano: Me ha pasado la cosa más espantosa de mi vida: se me ha muerto mi Ana. Después de 21 días de enfermedad en que yo fallecí con ella, falleció el domingo 7 de este mes, a las 12 y cuarto de la tarde. Hacía casi 11 años que vivíamos juntos en la más perfecta comunión de almas. Su muerte es una brutal amputación de mi corazón…”.

El bálsamo para su tormento se dio en la literatura, escribió La amada inmóvil. Versos a una muerta donde recrea los momentos en que veló a su secreta compañera y el gran amor de su vida. Como una forma de reparar sus omisiones con su amada, Nervo se hizo cargo de la niña Margarita Elisa Dailliez, de 11 años de edad, hija de Margarita, a quien cuidó como una hija. En mayo de 1919, el poeta murió en Uruguay.

Amada Díaz e Ignacio de la Torre y Mier

Durante noviembre de 1914 los custodios de la cárcel de Lecumberri se habituaron a la presencia de una dama vestida de negro, cuyo “bello rostro de india, oculto en parte por el sombrero airoso y sencillo, no acusaba huellas de dolor ni de tristeza: sólo una tranquila dignidad”, consignó el escritor Martín Luis Guzmán. No se trataba de una visitante común sino de Amada Díaz, hija favorita del general Porfirio Díaz, que recorría los pasillos de la prisión para visitar a su marido Ignacio de la Torre y Mier, otrora uno de los más ricos hacendados de Morelos y del país, emparentado con los príncipes de Mónaco y antiguo patrón de Emiliano Zapata. ¿En qué momento se truncó la dicha que 26 años atrás parecía estar destinada a esta unión?

La pareja se conoció en 1887. De la Torre, además de buen mozo y rico, tenía fama de caballero ideal: parroquiano asiduo del Jockey Club, practicaba equitación y suertes taurinas. Buen jugador de golf y polo y aficionado a los automóviles y las carreras.

Ignacio y Amada empezaron a frecuentarse y De la Torre habló con el general Díaz para formalizar el noviazgo. Amada se convirtió en objeto de admiración para los hombres y de envidia para las mujeres, pues había cautivado al soltero más codiciado del país. La pareja se casó por la iglesia el 16 de enero de 1888.

La pareja De la Torre-Díaz parecía tener todo para ser felices, pero desde la noche de bodas el hacendado pretextó cansancio, problemas y trabajo para no hacer vida íntima con Amada. La mujer debió lidiar con los rumores que acusaban a su marido de tener otras preferencias sexuales y con las frecuentes francachelas que el hombre organizaba para sus amigos en el palacete conyugal.

Una de las habladurías más incómodas para De la Torre se desató la madrugada del 18 de noviembre de 1901, cuando se suscitó la razzia más famosa del Porfiriato. Aprehendieron a 41 individuos,19 de ellos vestidos de mujer. Pero las notas periodísticas de los primeros días –apunta el cronista Carlos Monsiváis–insistían en que había 42 celebrantes, sólo que uno escapó por las azoteas aledañas luego de comprar su libertad a precio de oro.

Hoy se acepta como verdad histórica que el evadido fue Ignacio de la Torre y Mier. El hacendado aseguró a su esposa que eran infundios propalados por los enemigos políticos del general Díaz. Amada soportó estoicamente la tragedia íntima, sobre todo para evitar el escándalo familiar y social. También contribuyó su profunda religiosidad, convencida del carácter sagrado del matrimonio.

Tras la caída de Díaz la familia del ex dictador salió del país. Sólo permanecieron en México Amada, su media hermana Luz e Ignacio de la Torre. Cuando Francisco I. Madero devino presidente el matrimonio De la Torre-Díaz retornó a la capital. A decir del historiador Ricardo Orozco (autor de El álbum de Amada Díaz, novela biográfica sobre la mujer) las salidas de Nacho de la Torre a fiestas y las visitas a amigos se hicieron frecuentes. También volvió a la política y se hizo evidente su participación en la conspiración que culminó en el asesinato de Madero y Pino Suárez.

En 1914 el infortunio alcanzó a De la Torre, cuando los carrancistas tomaron la capital y le expropiaron la casa de “El Caballito”. Huyendo de la furia de Carranza De la Torre se ocultó mientras sus haciendas eran invadidas pero no evitó ser apresado en la ciudad de México, acusado de haber servido a Huerta, obstruido a Madero y de monopolizar alimentos.

Amada supo de la captura de su esposo varios días después y recorrió las comisarías capitalinas hasta averiguar que el hacendado estaba incomunicado en Lecumberri. Fue hasta noviembre de ese año que se le autorizó ver a su marido. Ella acudía todos los días de visita al penal y pasaba algunas horas con el hombre, que tenía la esperanza de que Zapata, su antiguo caballerango, ordenara su inmediata excarcelación. A principios de 1915 Amada supo que Zapata efectivamente había sacado a De la Torre de la cárcel pero no para gozar de la libertad sino como prisionero. Al parecer el caudillo se cobraba así una afrenta que Nacho de la Torre le había hecho en el pasado.

En los dos años siguientes Amada sólo supo de su marido por ocasionales recados enviados con personas de confianza, pero jamás pudo reunirse con él en los campamentos zapatistas. Finalmente, en marzo de 1918, recibió un telegrama donde se le informaba que su marido había muerto en un sanatorio de Nueva York. “La tía Amadita fue muy desgraciada en su matrimonio, jamás habló mal de Ignacio de la Torre –afirmó su sobrino nieto Porfirio Rincón– aunque en sus últimos años se le notaba un aire de melancolía”.

 

Sara Pérez y Francisco I. Madero

El domingo 23 de febrero de 1913, una mujer vestida de negro, que portaba un discreto sombrero y un velo descendió del vehículo a las puertas del llamado Palacio Negro de Lecumberri. Su objetivo era claro, su paso resuelto pese al dolor que traía en el alma. Arriesgando su vida pensaba recoger el cadáver de su esposo, cobardemente asesinado en ese lugar. La acompañaban su suegro, Francisco Madero, y su cuñada Mercedes Madero.

Lo había visto con vida por última vez, dos domingos antes, cuando el todavía presidente Francisco Ignacio se enteró que parte del ejército había fracasado en su intento de apoderarse del Palacio Nacional. A la breve despedida el hombre pidió a su esposa que tuviera fe en que la situación cambiaría.

Se habían conocido en la última década del siglo XIX, ella era hija de un rico hacendado queretano y buena amiga de las hermanas de Madero, vínculo que le permitía a él frecuentar la casa que la familia Pérez tenía en la capital del país. Su noviazgo no fue fácil por la agitada vida que él llevaba entonces. De acuerdo con el historiador Rosas, Madero pasó por una etapa en la que decidió “darle vuelo a la hilacha, lanzarse a las correrías y conocer otras mujeres”, esto no cayó nada bien a Sara que sufrió cuando Pancho le comunicó que terminaban el noviazgo. Durante un lustro Madero se mantuvo separado hasta que se dio cuenta que Sara era su gran amor. Algunas versiones dicen que lo que verdaderamente orilló al político a cambiar su vida fue cuando su madre enfermó gravemente y él prometió modificar sus hábitos a cambio del restablecimiento de la señora Madero. Recuperada la ecuanimidad buscó a Sara y le propuso matrimonio. Sólo que reconquistarla no resultó nada sencillo pues la muchacha no dio su brazo a torcer tan fácilmente y mantuvo al “señor Madero” rogándole durante un año hasta que ella le dio el ansiado “sí”.

La ceremonia de enlace civil tuvo lugar en enero de 1903 en casa de un tío de la novia en la ciudad de México, y un día después se llevó a cabo la boda religiosa en la capilla del arzobispado y el banquete se sirvió en el Hotel de la Reforma. En adelante Madero y Sara formaron “una pareja especial, pues más que marido y mujer fueron colaboradores y amigos, hermanos como se consideraban ellos mismos, dedicados en cuerpo y alma –con voto de castidad incluso- a su labor de promover el cambio político del país”, señala Sara Sefchovich en La suerte de la consorte.

La investigadora Sefchovich apunta que la señora Madero fue muy diferente a las tradicionales esposas mexicanas de principios del siglo XX: “No fue ama de casa sino una revolucionaria, no fue una madre de familia sino una compañera de causa que estuvo siempre al lado de su marido. A todas partes lo acompañó, por igual a los campamentos de soldados que a los mítines políticos, en los viajes por caminos difíciles, que a la hora de los discursos”.

Doña Sara Pérez de Madero jamás cuestionó las prácticas espiritistas de su esposo, ni puso en duda la viabilidad de los ideales. Al contrario, tenía tanta fe en la misión de Madero y estaba segura de que era correcta la vía trazada por él para cambiar las cosas en el país. No fueron pocas las ocasiones en que arengó a las tropas y organizó actos proselitistas, además de festivales en pro de las víctimas del movimiento revolucionario. Asistía a reuniones con obreros y recibía a las organizadoras de los clubes políticos y a comisiones que le exponían toda clase de problemas.

Esa dedicación fue recompensada por el marido con cariño y reconocimiento. La prueba es que en su correspondencia la describía como su inseparable y amantísima compañera: “Desde que me casé con ella me considero completamente feliz. Mi esposa es tan cariñosa conmigo y me ha dado tantas pruebas de su abnegación y de su amor que creo no poder pedir más a la providencia”, llegó a escribir el prócer.

En noviembre de 1911 Madero asumió la Presidencia de la República y su esposa se convirtió en “primera dama”. Desde esas posiciones enfrentaron un periodo muy turbulento de la historia de México, en el que abundaron las intrigas políticas y las campañas de desprestigio orquestadas por sus detractores, quienes no contentos con describir al mandatario como “hombrecillo de apariencia insignificante” y a su mujer como “perro faldero”.

La pesadilla concluyó en febrero de 1913 con el asesinato de don Francisco y el exilio de su señora, quien retornó a México en 1921 para vivir, apartada de la vida pública, en una casita de la colonia Roma, en el DF. Murió en julio de 1952 y fue enterrada en la tumba donde ya reposaban los restos de su esposo.

Antonieta Rivas Mercado, José Vasconcelos y Manuel Rodríguez Lozano

La policía parisina reportó que la mujer extranjera de aproximadamente 30 años de edad, alta y delgada, según los testigos, traía un cierto aire de extravío, por lo que al entrar a la catedral de Notre Dame no extrañó que se dirigiera al altar de la virgen de Guadalupe. Nadie imaginó que esa mañana de febrero de 1931 ella se disparara un balazo en el corazón que le causó la muerte de manera inmediata.

Nadie podía saberlo cuando cruzó por la puerta pero se trataba de la hija del arquitecto Antonio Rivas Mercado, diseñador de la Columna de la Independencia y director de la Academia de San Carlos. Los diarios de la época escribieron que era una mexicana muy conocida en los círculos intelectuales. Entre sus pertenencias se encontró una nota dirigida al cónsul mexicano en París, Arturo Pani:

“Arturo, antes del mediodía me habré pegado un balazo. Esta carta le llegará cuando, como Empédocles, me habré desligado de una envoltura mortal que ya no encuentra un alma. Le ruego cablegrafíe (no lo hago yo porque no tengo dinero) a Blair y a mi hermano para que recojan a mi hijo, que está en Burdeos, con la familia Lavigne. Me pesó demasiado aceptar la generosa ayuda de Vasconcelos. Al saber que facilitándome lo que (yo) necesitaba le restaba fuerza, no he querido. De mi determinación nada sabe, está arreglado el pasaje. Debería encontrarme con él al mediodía. Yo soy la única responsable de este acto con el cual finalizo una existencia errabunda. Antoñita”

El historiador Rosas ejemplificó su vida amorosa: “Fue un constante salto al vacío en el escenario del México convulsionado de las primeras décadas del siglo XX”. Y no era para menos, se casó a los 18 años de edad con el ingeniero Donald Blair, con quien tuvo un hijo, pero de quien se separó cuando murió el arquitecto Rivas Mercado. A partir de ese momento Antonieta se convirtió en mecenas de varios grupos, como los Contemporáneos, entre quienes se encontraban Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen, Celestino Gorostiza y, tangencialmente, el pintor Manuel Rodríguez Lozano. Este último -casado con Carmen Mondragón, la famosa Nahui Ollin-, fue quien despertó una pasión desenfrenada en Antonieta, al punto que dio las mejores páginas de su obra literaria en las muchas cartas que dirigió al joven pintor.

Sólo que Rodríguez Lozano era homosexual y todo se tornó en una relación más platónica. Fue hasta que por mediación del escritor oaxaqueño Andrés Henestrosa, que Antonieta descubrió a José Vasconcelos y se unió a su campaña por la presidencia de México. Tras la derrota electoral, Vasconcelos se fue a Estados Unidos y ambos permanecieron un tiempo juntos. Luego Antonieta se llevó a su hijo a Europa donde no tenía una buena situación económica por los pleitos que tenía con su marido Blair.

En París se topó otra vez con Vasconcelos a quien le pidió ayuda y una definición, pero la indiferencia del escritor y político, sumado a la depresión y los problemas personales de ella, fueron minando su salud emocional. Antonieta escribió en su diario para referirse a esos momentos con Vasconcelos:

“No me necesita. Él mismo lo dijo cuando hablamos largo la noche de nuestro reencuentro aquí en esta misma habitación. En lo más animado del diálogo pregunté: ‘Dime si de verdad, de verdad, tienes necesidad de mí’. No sé si presintiendo mi desesperación o por exceso de sinceridad, reflexionó y repuso: ‘Ninguna alma necesita de otra’.”

Quizás esto fue lo que la llevó a tomar tan terrible determinación.

 

Para leer:

Sara Sefchovich, La suerte de la consorte, Editorial Océano.

Alejandro Rosas, 99 pasiones en la historia de México, Editorial Planeta.

Carlos Monsiváis, Yo te bendigo vida, editorial Raya en el Agua-Gobierno de Nayarit.

Fabienne Bradú, Antonieta, Fondo de Cultura Económica.

Ricardo Orozco, El álbum de Amada Díaz, Editorial Planeta.