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Feria Internacional del Libro de Guadalajara

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Por Fernanda de  la Torre

Cada año estos muros efímeros son levantados para albergar la fiesta editorial más importante de Iberoamérica.

Hablando en estricto sentido, podríamos decir que me ubico en Expo Guadalajara, en la capital de Jalisco, donde mis muros únicamente existen en la mente de los visitantes y sólo por unos cuantos días cobran vida material para albergar la fiesta de la literatura.

Podría estar en otro sitio y seguir siendo la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), porque mi corazón no está dentro de esos límites inmateriales sino en el pecho de quienes aman los libros, que son los que la hacen posible. Por eso mis muros son invisibles, etéreos, fugaces…

Afortunadamente hay muchos amantes de las letras, las artes y las ciencias, que cada año son atraídos por los cerca de 2,000 editores, 20,000 profesionales de los libros, además de autores, agentes literarios, países representados por sus editoriales y, desde luego, el público entusiasta que se cuenta por cientos de miles.

Desde mi creación, hace casi tres décadas, he venido creciendo. Me gusta pensar que esto se debe a que no sólo soy una feria, –como tantas– sino un acontecimiento cultural. Además de libros,  yo, la FIL de Guadalajara, albergo conciertos, exposiciones, talleres, foros académicos, donde se discute sobre literatura, claro, pero también se tocan los temas medulares que afectan a la sociedad. Muchos niños (y otros no tan niños) han descubierto el amor a los libros entre mis muros. Y créanme, lo sé por experiencia, que una vez flechados es un amor que durará para siempre.

Para estos enamorados de los libros recorrer mis pasillos es un deleite y una aventura. Millones de ejemplares se encuentran en los stands editoriales. ¡Y qué variedad, Dios mío! Los hay en diversos idiomas, con ilustraciones, sin ellas; pequeños, enormes, de todos los tamaños y géneros. Mis muros guardan libros que cuentan historias, que nos hacen pensar y hasta mejoran nuestra salud. Resguardo volúmenes que invitan a viajar, soñar y algunos cuya lectura cambiará nuestra forma de pensar para siempre. Me gusta que mis muros sean testigos de esos encuentros. Veo a sus futuros dueños mirarlos tímidamente, después, atreverse a levantarlos, mirar brevemente la portada y darle la vuelta para sumergirse en las palabras de su contraportada. Los hojean y si el flechazo es contundente, caminan con su libro bajo el brazo en dirección a la caja.

Con los libros sucede lo mismo que con los amores: hay quienes los buscan con ciertas características y quienes se dejan sorprender y se enamoran de un libro que nunca hubieran esperado.

Un libro es una manera mágica de comunicarnos con sus autores. No importa si están a unos cuantos metros o si vivieron hace miles de años en sitios lejanos. Tan sólo este año, más de 650 escritores presentaron sus obras entre mis muros. Salas pequeñas y grandes se llenaron como año tras año, para escuchar a los autores hablar de su reciente creación. Entre mis pasillos caminan celebridades de la literatura, escritores laureados junto con quienes sueñan escribirlos o aman leerlos. Los lectores se comunican con ellos, y con quienes no están presentes.

Mis muros también son testigos de grandes proyectos, negocios editoriales, romances fugaces, clandestinos o duraderos, reencuentros con amistades y colegas. Estos invisibles muros acogen, durante unos breves pero intensos días al año, a quienes aman los libros: los que sienten la urgencia de escribirlos, la obligación profesional de publicarlos y, desde luego, el placer de leerlos. ¡Ah!, no piensen que ese amor a los libros termina conmigo. Por el contrario, sigue “vivito y coleando” entre los muros de mis hermanas: la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, la FIL del Zócalo, la FIL de Monterrey… y tantas otras que sería un pecado no visitar.

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