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Y nació el Teatro Iris…

Teatro Iris

Por Alberto Barranco Chavarría

Fue el primer recinto en México en llevar el nombre de una actriz. Nació de las ruinas del antiguo Teatro Xicoténcatl en la calle de Donceles, en el DF.

Aunque la tercera llamada llegó al canto solemne del Himno Nacional Mexicano, la ovación estalló a la aparición en el centro de la escena de la “Reina de la Opereta”. La noche de Esperanza Iris. El teatro de Esperanza Iris. El busto de Esperanza Iris. Las fotos de Esperanza Iris.

Dos mil cuatrocientos espectadores asistieron al milagro de la Scala de Milán a la mexicana. La rigurosa etiqueta del presidente Venustiano Carranza, su gabinete, el cuerpo diplomático, el México entero que tardó tres horas en recorrer plateas, palcos, terciopelos, plafones, candelabros, mármol, bustos de Giuseppe Verdi, Georges Bizet, Jacob Offenbach…

            El teatro de 1,862 metros cuadrados que surgió a la muerte del Teatro Xiconténcatl. Su fachada de dos niveles, con cinco puertas de acceso escoltadas por columnas corintias. Cuatro años de construcción. Medio millón de pesos de aquellos. La página se abrió el 25 de mayo de 1918.

“Damas y Caballeros, la Compañía de Opereta Vianesa Esperanza Iris presenta la obra el Bal Tabarín”.

Al año siguiente llegaría a escena la magia alada de la prima ballerina Ana Pavlova, para cautivar al respetable con fragmentos de La bella durmiente del bosque, Raymunda, y el éxtasis, con la muerte del cisne.

Meses después el furor se llamaba Enrico Caruso. El tenor italiano, el amo indiscutible del bel canto, cerró la función con El elixir de amor de Donizetti.

“Qué manera de embrujar el espíritu”, dibujaría la crónica.

Eximia y excelsa

Nombrada hija predilecta de la Ciudad de México en 1922, la “Reina de la Opereta” llenaría mil capítulos con sus creaciones de La viuda alegre, Eva, Vals de amor, La verbena de la paloma, La leyenda del beso, Los cadetes de la reina

Al Teatro Esperanza Iris, en cuya magia la noche profunda lo convertía en cabaret, llegarían por riguroso orden de aparición la extraordinaria tiple María Conesa, para el suspiro “La gatita blanca”. Y el aplauso cobijó a María Teresa Montoya y a Virginia Fábregas, adjetivadas una como la eximia y otra como la excelsa.

Y en la fiesta, José Guadalupe Mojica cantó a María Grever. “El Panzón” Roberto Soto presentó El gato montés, y Lupe Vélez llegó a bailar charlestón, colocándole cosquillas a las piernas del respetable.

Y el padre del actor Enrique Rambal trajo la Manhattan Opera House.

Pecado de Paco

Convertido algunos años en cine, arena de lucha libre, rueda para el sketch callejero, el Teatro Iris cobijó a los inhumanos bailes de resistencia. El maratón duraba hasta cinco días.

El ocaso llegó en 1952, al escándalo de la nota roja. El tenor Paco Sierra, tercer esposo de la diva, implicado en el atentado contra un avión de Mexicana de Aviación.

La “Reina de la Opereta” llegaba todos los martes a la visita conyugal de la cárcel de Lecumberri.

Y la catedral del género chico se convirtió en la guarida del burlesque. Con ustedes la “Diosa del Antifaz”, María Salomé, y la “Reina de la Noche”, Lyn May.

Los reflectores regresaron con el Teatro de la Ciudad, que sigue siendo Esperanza Iris.

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