Jueves , Marzo 23 2017
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MUSEO NUMISMÁTICO NACIONAL

Casa de moneda

Por Fernanda de la Torre

Es muy interesante conocer la historia de la antigua Casa de Moneda y observar la evolución del dinero desde la época colonial hasta nuestros días.

¡Ah, el dinero! Algunos lo bendicen, otros lo maldicen. Hay quienes lo ignoran, mientras que otros son sus esclavos. Podemos atesorarlo, dilapidarlo, invertirlo o malgastarlo. Lo cierto es que aunque quisiéramos negarlo, nos quita muchas horas de sueño, ya sea porque lo tenemos o porque nos falta.

Los seres humanos tienen una estrecha relación con el dinero y eso nos hace similares, ya que mis muros fueron concebidos y han estado regidos siempre con relación o en función de él.

Durante el Virreinato se otorgaron concesiones para explotar las minas de plata. La plata naturalmente viene mezclada con el oro, por lo que se debe hacer una separación de estos metales. El procedimiento no es sencillo y por ello desde 1575 hubo particulares que prestaban este servicio. Como tenía una gran importancia económica se decidió crear y vender en concurso público la plaza de “Apartador General de la Nueva España”. A mí me destinaron para convertirme en el lugar donde se llevara a cabo tan distinguida labor. Durante años mis muros fueron mudos testigos de cómo se separaba el oro de la plata. Por esta razón, la calle donde me ubico se llama hasta el día de hoy: Calle del Apartado. Había un costo por realizar este trabajo así que el encargado del apartado era una persona pudiente. Para resguardar los metales preciosos y mantener a raya a los ladrones, decidieron construirme con altos y fuertes muros.

Al igual que los metales vi el tiempo derretirse un año tras otro, sin mayores novedades hasta que llegó la Guerra de Independencia. Mis paredes vieron cómo surgía una joven nación y cómo cambiaría la vida de todos. Me nombraron “Apartado Nacional de Oro y Plata”. En 1842 se decidió que era más fácil elaborar las monedas en el mismo lugar que se llevaba a cabo el apartado. A petición de Antonio López de Santa Anna, fui remodelado. Construyeron un hermoso patio central, ajustaron salas y salones, acondicionaron oficinas. Estábamos en plena Revolución Industrial, así que se modernizaron los hornos y se instalaron máquinas para acuñar las monedas. Se invirtió en lo mejor de lo mejor y la mayoría de esas máquinas funcionaron durante más de un siglo.

En 1849 todo estaba listo. Así que abrí mis puertas como Casa de Moneda. Entre mis muros se acuñó toda la moneda de la nación hasta 1992, en que decidieron trasladarlo a otro edificio más moderno. Entonces mi vieja construcción albergó al Museo Numismático Nacional. Dejarme como hoy me conocen, tomó varios años, pero todos estamos contentos con el resultado. Paradójicamente, aunque pensamos mucho en el dinero, poco sabemos de su fabricación diseño e historia. Por ello, cuando los visitantes entran aquí pueden conocer el proceso que transforma un pedazo de metal en una moneda.

Empecemos por la sala de fundición. El metal requiere de altísimas temperaturas para llegar a su estado líquido. Las huellas del humo, el calor y el arduo trabajo, quedaron tatuadas en mis muros. Los hornos que fundieron toneladas de metal, siguen acompañándome. De ahí pasamos a la sala de amonedación donde se encuentran las máquinas que transforman una barra de metal en ese objeto circular que nos gusta traer en el bolsillo. Por ejemplo, ¿han reparado en los pequeños surcos que tienen las monedas? Esos los hace una máquina denominada “labradora”.

Con el fin de poder apilar las monedas y detectar falsificaciones, empezaron a utilizarse para evitar que los “vivales” limaran las monedas de oro y plata, restándoles valor.  Además, está el  archivo histórico que resguarda documentos de más de cuatro siglos de antigüedad y las salas de numismática, donde se exhiben monedas, billetes y medallas acuñadas a lo largo de la historia. Desde el siglo XVII he sido testigo no sólo de la fabricación del dinero, sino del valor que le damos, aunque algunos pretendan negarlo.

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