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De pipa y guante: el Jockey Club

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Peralvillo, barrio viejo

Peralvillo

Conozca cuánto ha cambiado este singular barrio al norte del DF que ha inspirado novelas, películas y personajes inolvidables.

Por Alberto Barranco

Allá por 1882, cuando el barrio nacía de madrugada al fluir de carretones y cargadores hacia la aduana del pulque, en ruta directa de los llanos de Apan…

Cuando el ferrocarril de La Villa salía de la Plaza Villamil al pesado arrastre de sus dos vagoncitos hacia la Real Calle de Santa Ana, entre el gemido de rieles y gritos de vendedores…

Cuando ya era vieja la iglesia de Santa Ana, donde se bautizó Juan Diego y cantó su primera misa el teniente general insurgente Mariano Matamoros, y los misterios del Vía Crucis eran 15 y eran de piedra, como el nombre de la calzada…

Allá por 1882 Peralvillo tenía su hipódromo, en un terreno de 600,000 metros cuadrados, dos pistas, recta una; circular otra, construidas bajo la supervisión estricta del Jockey Club.

Cuando los caballos estaban fatigados y las apuestas vacías, el espectáculo lo llenaba el globo de Joaquín de la Cantolla y Rico, el circo Bell o la fiesta de levitones, abanicos, sombreros de copa o bigotes retorcidos…

Al coso lo cerró un crimen en plena segunda carrera de la tarde, cuando Tecoac iba en punta seguido a medio campo por Don Quijote

La fiesta se fue al Hipódromo de la Condesa.

Pero llegarían las vecindades laberínticas de la calle de Constancia; el aguador que abastecía el olvido del Ayuntamiento la casa donde nació Carlos Espinal, el creador de los legendarios títeres de Rosete Aranda, cuyas funciones se daban en el Jardín Hidalgo.

La Marchanta

De aquella estampa de pulquerías cobijadas por puestos de enchiladas, quesadillas y gorditas, y adornadas con colosales pinturas de escenas épicas, de las que sobrevivirían aún “La Mana”, “La Pelos”, “La Lechuza”,  “Los Amores de Cupido” o “La Unión de los Amigos”, nacería la novela La Marchanta, de Mariano Azuela.

“El jardín –cantaba la prosa del novelista de la Revolución–, es un islote de verde matizado de aromas entre los brazos poderosos de un mar de tierra…”

Y entre el cementerio de automóviles de la Calzada de la Ronda  y la casa de 20 habitaciones de mi general Gumersindo Ortega, surgiría el inolvidable personaje Peter Pérez, detective de Peralvillo, del escritor José Martínez de la Vega.

Y en aquel barrio de telarañas de tendederos, repisas de santos con tres veladoras de guardia, escenas con olor a viejo donde hacen esquina Bach y Beethoven, Juventino Rosas y Enrico Caruso o Julián Carillo y Adelina Patti, se filmó en 1948 la película Comisario de turno.

El guión, sabe usted, lo escribió Juan García… alias “Peralvillo”.

Y luego llegarían, en tropel, Los Fernández de Peralvillo, con la actuación estelar de Sara García… para dejarle los camerinos a Los Beverly de Peralvillo, mientras la nota roja recreaba las hazañas de “Los chicos malos de Peralvillo”.

Y aunque la Aduana del Pulque, donde se certificaba, vía la infalible prueba del alacrán realizada a golpe de dedo, la calidad del neutle, se volvió Escuela de Estudios Diplomáticos Matías Romero, tras de ser escuela de artes y aun cuartel, y se murieran siete misterios, el calor se quedó intacto.

Peralvillo, donde la tambora y el teponaxtle marcan aún el paso de la peregrinación.