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Julio Scherer y sus poderosos enemigos

JS

  • En enero de 1986 Contenido publicó una entrevista con el periodista capitalino. Reproducimos el texto con el permiso de su autora.

Por Elisa Robledo

Un lugar común en las novelas de los años cuarenta eran los personajes tan introvertidos “que parecían pedir perdón por existir”. Julio Scherer García, un hombre  de 59 años de edad, de pelo canoso sobre una frente muy ancha, que parece ser fisiológicamente incapaz de tomar asiento o cruzar una puerta antes que cualquier otra persona, entre más humilde mejor, causa a menudo la impresión de ser un personaje de ésos. En cambio, al charlar con él y sentirse observado por unos ojos agudos que destellan bajo unas cejas muy pobladas, el interlocutor queda con la impresión de que Scherer es un apóstol liberal como los que había en el siglo XIX, siempre dispuesto y hasta anheloso por ofrendar la vida en defensa de sus principios y su ideología. Pero quienes lo han tratado íntimamente por décadas se limitan a decir: “La verdad, yo no tengo la menor idea de quién es en el fondo Julio Scherer”.

En 1985 Julio Scherer cumplió 40 años de haber consagrado su vida al periodismo. En 1985 Proceso, la revista que dirige Scherer, libró la batalla más constante por cimentar y hacer avanzar la libertad de prensa en México. Tales son los motivos por los que  los redactores de Contenido eligieron a Julio Scherer García para integrar el Póquer de Ases del año.

Don Belisario: Estudiante “destripado” de Filosofía y Derecho, Julio Scherer ingresó al periodismo a la edad de 19 años, como aprendiz de reportero en Excélsior. Pronto destacó en el oficio no sólo por su dedicación de tiempo completo, sino por haber entrevistado a personajes como John F. Kennedy, Chou En-Lai, Fidel Castro, Che Guevara, Konrad Adenauer, Salvador Allende y un sinnúmero de presidentes latinoamericanos. En cambio, como entrevistado es una calamidad: es casi imposible sacarle un dato preciso sobre su persona o su vida, y cuando se le pide una opinión personal contesta siempre con una especie de parábola. Dice que su vida y obras carecen en absoluto de importancia, pero en el fondo sólo busca preservar su intimidad.

Algunos amigos suyos creen haber detectado el origen de la pasión de Julio Scherer por la libertad de prensa en un incidente familiar. El abuelo del periodista fue Hugo Scherer, un financiero alemán que llegó a México a fines del siglo pasado y con la inmensa fortuna que amasó pudo adquirir entre otras cosas una gran mansión afrancesada de las que había en Paseo de la Reforma y una hermosa casona de descanso en San Ángel. La noche del 7 de octubre de 1917 el senador Belisario Domínguez visitó la residencia del señor Scherer, aparentemente en busca de consejo. Una Cámara de Diputados y un Senado de eunucos había legitimado el cuartelazo de Victoriano Huerta; Domínguez quiso pronunciar en el Senado un discurso de protesta, y como le negaron el uso de la palabra mandó imprimir su alocución, en la que calificaba a Huerta de asesino y conminaba a los legisladores a deponer al usurpador “aun con el peligro y la seguridad de perder la existencia”. De casa del señor Scherer, Domínguez se trasladó a su hotel y en el trayecto fue aprehendido por esbirros del dictador que lo llevaron al cementerio de Coyoacán para asesinarlo y, según se cuenta, cortarle la lengua para escarmiento de quienes pretenden hacer uso de la libertad de expresión.

¿Intenta de alguna manera Julio Scherer continuar la lucha de Belisario Domínguez? Scherer lo niega enfáticamente: ­–En casa de mi familia no se hablaba de política, y cuando me enteré de la existencia de Belisario Domínguez yo ya tenía varios años de ser periodista –dice.

Bomba: Como reportero Julio Scherer también se hizo notar porque sistemáticamente rechazaba los “sobres del embute” que suelen repartir los jefes de prensa de las dependencias gubernamentales. En los cafés frecuentados por periodistas se atribuye esa incorruptibilidad también a la influencia familiar: el padre de Julio Scherer era corredor de bolsa y en ocasión de haber fracasado en un negocio rechazó acogerse a los artilugios legales de las sociedades anónimas y pagó con su fortuna personal a sus acreedores, de manera que casi quedó en la miseria. Julio Scherer, quien siempre ha vivido en casas o apartamientos modestos con su esposa y nueve hijos, y quien viste trajes de precio medio y conduce automóviles con tres o cuatro años de uso, rechaza sin embargo la suposición de que su trayectoria profesional refleje en alguna medida la tradición familiar.

El 31 de agosto de 1968 Julio Scherer ascendió a director de Excélsior. En esa época Excélsior tenía fama de reaccionario, y las manifestaciones  estudiantiles de esos días desfilaban a menudo frente al edificio del periódico, en Paseo de la Reforma, para gritar durante largo rato el estribillo de: “¡Prensa vendida!” Scherer imprimió a Excélsior un pronunciado viraje a la izquierda que enfureció al presidente Gustavo Díaz Ordaz. Pronto estalló en el edificio del periódico una poderosa bomba; todo el mundo atribuyó el atentado a esbirros del gobierno, pero Scherer se mantuvo en su política independiente.

Con Luis Echeverría, Scherer mantuvo una estrecha amistad hasta mediados de 1975, cuando al presidente, ya enajenado por sus aduladores, comenzó a irritarle la irreverencia de varios colaboradores del director de Excélsior. Dentro del mismo periódico se formaron grupos convencidos de lo que llamaban “la soberbia de Scherer” estaba afectando los intereses comerciales de la cooperativa propietaria del diario. Echeverría apoyó a los disidentes y en una tormentosa asamblea celebrada el 8 de julio de 1976 Scherer y un gran número de reporteros y colaboradores fueron obligados a abandonar Excélsior.

Dependencia: Una vez en la calle, Scherer y sus partidarios tuvieron dos opciones: irse al extranjero a luchar desde allá por la libertad de prensa, o quedarse en el país para obrar en la medida de sus posibilidades en el mismo sentido. Decidieron quedarse y fundar Proceso, cuyo primer número apareció dos semanas antes que José López Portillo asumiera la Presidencia.

Por espacio de cuatro años, el régimen lópezportillista siguió frente a Proceso la política de atiborrarla de publicidad oficial y paraestatal, en la suposición de que de esta manera se crearía una situación de fuerte dependencia de la revista frente a sus patrocinadores publicitarios. Aunque en lo personal seguía rechazando los “embutes” multimillonarios que le ofrecían Scherer esgrimió la tesis de que la inversión publicitaria del gobierno debe servir precisamente para alentar la libertad de prensa, y redobló los ataques al gobierno, en especial contra la política petrolera. Al cabo López Portillo concluyó que él no iba a ser de los que dicen “te pago para que me pegues” y suspendió de un día para otro el apoyo publicitario oficial, que había llegado a ser el principal recurso financiero de Proceso.

Por un momento pareció que Proceso iba a desaparecer por falta de dinero. Al cabo se redujo el número de páginas, se suprimieron empleados innecesarios y a otros se les congelaron los sueldos a pesar de la inflación, se introdujeron diversas economías y Proceso pudo resurgir, ahora liberada ya de patrocinios discutibles y en posibilidad de actuar con menos cortapisas.

Desde el subdirector Vicente Leñero hasta el último aprendiz de fotógrafo, el personal periodístico de Proceso parece estar formado por clones mentales de Scherer, que ven en el periodismo más un apostolado que un oficio y están dispuestos a todo por realizar su misión. Las relaciones de Proceso con el régimen de Miguel de la Madrid distan de ser cordiales; a la revista jamás le pasan los documentos y los informes confidenciales que se prodigan a los periodistas “amigos”, pero a base de oficio puro los reporteros de Proceso se anotaron en 1985 una larga serie de triunfos, entre los que destacaron las revelaciones sobre el narcotráfico y la manera como aparecen complicados en esta actividad varios altos funcionarios del gobierno.

Incidente: A decir verdad, la mayor parte de los funcionarios han optado por apechugar con los ataques de Proceso y como reacción a ellos lo más recuente es que opten por invitar a Scherer a comer, aclarar enredos y tratar de que las fricciones se disuelvan por la vía amistosa..

Pero de ninguna manera faltan los elementos siniestros que, por vía telefónica o por medio de anónimos, semana tras semana lanzan a Scherer las amenazas más viles no sólo contra él sino también contra su familia.

A mediados del año pasado, según se sabe, el entonces jefe de la Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla, se presentó en Proceso con media docena de guaruras armados de metralletas y se metió a la oficina de Scherer, donde tuvo lugar una agria y prolongada discusión. Por motivos que Scherer se reserva, Proceso se abstuvo de informar sobre el incidente.

“La libertad de prensa siempre ha tenido y seguirá teniendo enemigos muy poderosos –dice Scherer ­­-. La misión de los periodistas consiste precisamente en no dejarse intimidar y seguir adelante hasta donde se pueda. Proceso seguirá adelante por el camino que se ha trazado”.