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Los males del nacionalismo

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Por Sergio Sarmiento

Cuando el Instituto Nacional de Migración captura en los caminos de México a personas de piel morena sin credencial de elector u otro documento que los identifique, tiene un método para distinguir a “los nuestros” de “los otros”. Los hace cantar el himno nacional. Quienes pueden interpretarlo tienen permiso de continuar libremente su camino. Los que no, son vejados, extorsionados, detenidos en condiciones infrahumanas y deportados.

Desde la infancia nos han enseñado a ser nacionalistas. En las escuelas primarias cantamos el himno nacional cada lunes y nos disputamos el privilegio de escoltar a la bandera tricolor. Pero no sólo a nosotros. Los estadounidenses recitan una promesa de lealtad a la bandera, que representa “una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”, y entonan su himno, Star-Spangled  Banner (bandera adornada con estrellas).

El nacionalismo sirve para descartar a los otros, a los extranjeros, a los que no son miembros de una comunidad. Se ha pretendido presentar esta actitud de exclusión como una gran virtud; pero el nacionalismo ha sido a lo largo de los siglos, junto con la religión, el origen de casi todas las guerras que ha sufrido nuestro mundo.

Soy el primero en entender la fuerza del nacionalismo. Me emociono como el que más en las ceremonias del grito de Independencia, especialmente cuando estoy fuera de México. Añoro la calidez de nuestra gente cuando la tengo lejos. No puedo ver un juego de la selección nacional de futbol sin involucrarme de corazón. Cuando recorro los recovecos de nuestro México me siento orgulloso. Estoy emocionalmente comprometido con este país que me vio nacer.

Pero una cosa es estar orgulloso de México y otra muy distinta llevar el nacionalismo al grado de rechazar todo lo que viene de fuera. Un nacionalismo mal entendido, por ejemplo, nos ha llevado a prohibir la compra de tierra en las costas por ciudadanos de otros países. El resultado ha sido generar corrupción, situaciones fingidas a través de fideicomisos y una menor inversión en nuestro país. Lo peor de todo es que mientras nosotros prohibimos a los extranjeros ser propietarios de tierra junto al mar, los ciudadanos mexicanos han invertido miles de millones de dólares en propiedades a lo largo de la costa de California.

El nacionalismo provocó las guerras más destructivas del siglo XX. Hoy debemos recordarlo porque se han cumplido 100 años del estallido de la Primera Guerra Mundial y 75 años de la Segunda. Unos 17 millones de personas murieron en la Primera y entre 50 y 80 millones en la Segunda. Uno podría pensar que después de esas grandes tragedias habríamos aprendido a reconocer los males del nacionalismo, pero no… al contrario, toda una serie de pequeñas guerras han surgido desde entonces por actitudes nacionalistas.

Quizá haya llegado el momento de entender que todos somos seres humanos. Hablamos idiomas distintos o tenemos diferentes colores de piel, pero por accidentes geográficos. Un estadounidense no es en esencia distinto de un mexicano o un guatemalteco. Son más los factores que nos unen que los que nos separan. Tan claro es esto que a guatemaltecos, salvadoreños y hondureños nuestros agentes migratorios les hacen cantar el himno nacional antes de decidir si extorsionarlos. La nacionalidad parecería ser producto de una buena memoria.

Twitter: @SergioSarmiento