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Popayán. La ciudad blanca

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  • Conozca esta sorprendente ciudad enclavada en los Andes y considerada por la Unesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

Por Manuel Ramos

En el Nuevo Reino de Granada (hoy Colombia), se desarrollaron grandiosas ciudades con el apoyo y aprovechamiento de los caminos trazados antes de la llegada de los europeos. Fue así como se comunicaron las poblaciones fundadas por los españoles en el siglo XVI a pesar de las enormes distancias, con el fin de llevar a cabo la búsqueda de metales, así como el comercio que tanto influyó culturalmente en el arte realizado en los templos, conventos, casas y barrios.

Una de esas sorprendentes ciudades, desconocidas para muchos, es Asunción de Popayán, fundada el 13 de enero de 1537, a  596 kilómetros de Bogotá y con una altitud de 1,760 metros sobre el nivel del mar, enclavada en los Andes.

En el aeropuerto de El Dorado se toma el vuelo de una hora para llegar a Popayán. De otra forma ir por carretera llevaría más 10 horas de camino sinuoso aun cuando esta forma es la más adecuada para conocer los caminos y pueblos.

Había escuchado hablar de Popayán por su arte colonial y por las procesiones de Semana Santa, lo que le ha dado su presencia en el mundo.

La Unesco le otorgó la distinción de Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, por su gastronomía (en 2005 la Unesco la designó como Ciudad Unesco de la Gastronomía),en especial por sus arepas bien preparadas en los restaurantes populares, los tamales y el chocolate caliente, y por la bondad de sus habitantes. La expectativa fue superada en mucho.

La búsqueda del hotel no tuvo problema alguno. La oferta es muy variada. Pero no dudé en decidirme por el antiguo convento de los franciscanos, cuyos inicios datan del siglo XVI y que actualmente es un hotel inigualable, al lado del templo que conserva su culto muy activo.

Conforme avanzaba el taxi desde el aeropuerto a la ciudad, el asombroso paisaje me atrapaba. Con su gran plaza de árboles frondosos, algunos de ellos coronados con flores de diversos colores cuyos pétalos caían en el suelo de piedra dando una imagen de una alfombra multicolor; sus calles estrechas que mostraban las casas blancas, pero también en combinación con otras de atractivos y atrevidos colores, la pulcritud de sus caminos. Y de pronto, el templo de San Francisco, con su fachada barroca, y frente al antiguo atrio.

Al llegar al hotel y entrar en mi celda, me transportaba al siglo XVIII, sentía la presencia de los frailes que ocupaban la habitación. Una ventana discretamente cerrada con una tela de algodón color crema, daba la luz tenue y dejaba ver una parte del claustro menor. El silencio era lo más impactante del sitio. La comodidad la brindaba un baño que se distinguía por la blancura de sus toallas, cortinas, jabones, tapetes, lavabo y tina. Una cama que distaba mucho de ser el catre duro en que dormían los frailes.

Por la tarde se veía más gente en la ciudad, quizá porque era sábado. A la salida del hotel la visita obligada es al templo de San Francisco, que conserva entre otros objetos un púlpito tallado en madera protegido por una reja excepcional; pinturas dieciochescas e imágenes franciscanas. No entendía por qué estaba protegido por una rejas su alrededor.

Más adelante y por interés personal, visité el templo del antiguo convento de las carmelitas descalzas, construido en 1729; ahí sí el oro brilla, resultado del auge minero y comercial: las minas de  Barbacoas y Chocó se perpetuaron en el templo. Imágenes carmelitanas en el altar mayor y en los retablos laterales mostraban la historia de la reforma de Santa Teresa de forma didáctica para los feligreses. Y finalmente, el templo de La Encarnación, fundado por monjas agustinas a finales del siglo XVII, muestran la fastuosidad de una ciudad de los Andes que guardaba estrecha relación con las ciudades del Cusco y Quito.

Por la noche, caminar por el hotel y evocar la vida cotidiana de los frailes, daba una paz y tranquilidad pocas veces experimentada. Después de una larga caminata se antojaba el descanso nocturno en el antiguo monasterio.

A las cuatro de la mañana sentí que la cama se había movido de forma violenta. Prendí la lámpara del buró derecho, tratando de encontrar alguna explicación a lo sucedido. Todo parecía en calma, ningún ruido. En ese momento me dije: las ánimas en pena de los religiosos rondan el antiguo edificio.

Al otro día en el desayuno, en lo que fuera la antigua huerta conventual, conversaba con el mesero que me servía el café. Le pregunté si espantaban en el hotel y me dijo que sí, que sucedían cosas que no tenían explicación. Al saber la hora en que me desperté, encontró la explicación real. La ciudad había sufrido un sismo de 5.4 grados a esa hora. Esta información me tranquilizó aunque hubiera querido quedarme con la mía.

Popayán está en una constante actividad sísmica. En 1983 hubo un terremoto devastador que casi acabó con la ciudad. La catedral fue dañada enormemente y algunos templos sufrieron el deterioro arquitectónico. Por eso el templo de San Francisco conserva como gran tesoro su púlpito que no se dañó, de ahí que lo enrejaran para protegerlo, ya que milagrosamente se salvó.

En la casa que fue de la familia Arboleda, que data del siglo XVIII, en pleno centro de la ciudad, se fundó el Museo Arquidiocesano de Arte Religioso. Aquí se han depositado los grandes tesoros de la catedral, después del terremoto. La colección de custodias de oro, plata y piedras preciosas, se resguarda con gran cuidado y éstas sólo se muestran en las procesiones de Semana Santa. Pintura y escultura también se albergan en el museo y todas estas obras constituyen uno de los grandes museos de Colombia.

Conocer las ciudades virreinales de nuestro país, pero también de América del Sur, es adentrarnos en una historia común. La presencia de la Iglesia y la riqueza de sus construcciones barrocas, es lo que ofrece esta similitud con sus grandes ejemplos arquitectónicos. Ciudades como México, Puebla, Querétaro, Oaxaca, Guadalajara, Zacatecas, San Luis Potosí, entre otras, merecen una visita detenida. Pero también conocer nuestra América, es contar con el orgullo de una historia compartida. Descubramos nuestro continente.

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