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» El amor hasta la locura

13 abril 2012






Por Alfonso Miranda Màrquez

Eros es el dios griego del amor. Sobre su origen se han sustentado múltiples mitos y teorías: hay que distinguir el amor sagrado, hijo de una Afrodita Urania –Venus celeste–, que conduce a la contemplación divina, y el amor profano, hijo de Afrodita Pandemia –Venus terrenal–, abocado a la sexualidad carnal.

Aunque Hesíodo afirma que nació de Poros –el recurso– y de Penia –la pobreza– y se caracterizó por ser una fuerza inquieta e insatisfecha, la tradición más aceptada establece que es hijo de Afrodita –diosa de la belleza– y de Hermes –mensajero de los dioses–. Otros filósofos de la antigüedad aseguran que es fruto de la unión entre Afrodita y Ares –dios de la guerra–, o entre ella y el mismo Zeus, o de Iris  –mensajera de los dioses– y Céfiro –viento que aclara los cielos–.

Al ser Eros dios primordial de la pasión amorosa ha suscitado muchas representaciones en el mundo artístico. Gracias a los poetas clásicos adquirió su fisonomía más conocida: la de un niño o un joven alado que se divierte llevando el desasosiego a los corazones de hombres y dioses. Su desnudez es señal de inocencia y se le ha representado también con una corona de rosas, emblema de los fugitivos placeres. Posee un arco caprichoso y flechas infalibles hechos del tronco y ramas de un fresno chipriota. Las saetas paralizaban la voluntad, y al sumergirlas en las llamas de su lámpara encendida si tenían puntas de oro, inflamaban los corazones, si eran de plomo, inundaban con frialdad e indiferencia a quien herían.

Por más ingenua que fuera su apariencia era un dios poderoso al que incluso su madre le tenía respeto y temor. Ante los fuertes estragos que Eros causaba, Afrodita decidió tener con Ares otro hijo, al que llamaron Anteros –el amor correspondido–, quien le enseñó a su hermano a disparar sus flechas con sabiduría.

Ya desde el mundo griego se establecieron remedios para sanar los males que causaba el amor:

Aquel amante que bebía o se sumergía en el río Seleno o si bebía del río Cosito, perdía la memoria de las penas o recuerdos que había experimentado.

         Quien saltara del peñasco de Leucade podía contrarrestar sus efectos. Como hizo Afrodita, por consejo de Apolo, quien después de una herida accidental de su propio hijo habría quedado prendada de Adonis.

Un día, el joven dios en un descuido se encajó una de sus propias flechas y quedó enamorado de la bellísima, pero humana, Psique. Su madre, celosa, mandó matar a la joven; sin embargo, con ayuda de Céfiro la desposó. Para que la doncella no vislumbrara la hermosura de su amante, él sólo la visitaba cobijado por la noche; aun ahí le tenía prohibido mirarlo. Psique, inducida por sus hermanas, desobedeció a su esposo y se atrevió a contemplarlo con una lámpara de aceite. Extasiada por su belleza, se inclinó para besarlo y una gota incandescente quemó un ala de Eros, quien decepcionado, de un salto la abandonó. Tras muchas pruebas impuestas por Afrodita logró que Zeus permitiera la unión; así existió el matrimonio perfecto entre mente y corazón. En algunos mitos se dice que de la unión nació Anteros, el amor correspondido.

A lo largo de la historia se han hecho maravillosas alegorías de Eros. En la época helenística su figura fue reproducida sola o unida a grupos de amorcillos o putis, que mucho más tarde constituyeron el modelo de los ángeles del Barroco, retomado por el Romanticismo del siglo XIX. Durante la Edad Media, el amor carnal se veía encadenado al deseo, aunque hacia 1300, en la colección de novelas Gesta Romanorum, se describió al dios según una estatua de 4 alas:

  En la primera se leía: El primer amor es poderoso y de gran fuerza. Por el ser amado soporta paciente todas las tribulaciones y apuros.

  En la segunda: El verdadero amor no busca lo propio, sino que da todo lo que es suyo.

  En la tercera: El verdadero amor mitiga la aflicción y el miedo no se arredra ante ellos.

  Finalmente, en la cuarta: El verdadero amor alberga en sí la ley que nunca envejece, sino que siempre rejuvenece.

Sin importar el tiempo y el espacio, caprichosas flechas áureas siguen causando estragos y bendiciones, ahí donde el beso se manifiesta y el velo de la noche abraza.

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