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» Grandes parejas en la Historia de México: Porfirio Díaz y Carmen Romero Rubio

31 marzo 2011






Los vínculos afectivos que establecieron estos protagonistas de la historia nacional aportan indicios de su comportamiento como seres humanos y, al mismo tiempo, reflejan el contexto que les tocó vivir y marcó su conducta tanto en el ámbito privado como en el público.

Son cada vez más los historiadores que coinciden en que para comprender cabalmente a los protagonistas de la historia nacional es necesario ir más allá del análisis de su actuación en el ámbito público. Conocer los vínculos afectivos que forjaron a lo largo de su vida permite “bajarlos de su pedestal”, rescatar valiosos elementos de su personalidad y conocer cómo se relacionó con quien fue tanto su compañera de vida, como su principal apoyo en momentos difíciles.
Los académicos insisten también en que dicho ejercicio permite revalorar el papel de la esposa quien, además de cumplir con el papel que se le encomendó como ama de casa y madre de familia, influyó en la conducta de su marido y en sus decisiones, como lo demuestra el recuento que sigue a continuación.
Por Conrado Montaño

I: Porfirio Díaz y Carmen Romero Rubio: un matrimonio bien avenido
Por su diferencia de edad (él le llevaba 34 años), antecedentes raciales (él era mestizo y ella de ascendencia criolla), y sociales (él provenía de una familia provinciana de clase media y ella era hija de un rico terrateniente), el matrimonio entre el general Porfirio Díaz y Carmen Romero Rubio y Castelló, no podría ser calificado más que de insólito, “pero de un gran significado político”, aseguran los biógrafos del ex gobernante mexicano, pues ese vínculo selló su alianza con los sectores de la sociedad que podían impulsar el desarrollo económico del país, sectores con los que hasta entonces don Porfirio no había tenido la mejor relación.
El historiador José Manuel Villalpando apunta en su libro Amores mexicanos que la pareja se conoció en 1881, cuando apenas habían transcurrido unos meses del fallecimiento de la primera esposa del general Díaz. Ella apenas tenía 17 años de edad, mientras que el pretendiente rebasaba los 51. Carmen era hija de Manuel Romero Rubio, distinguido abogado y había estado vinculado con los enemigos del ahora presidente, sin embargo, formaba parte de “una de las mejores familias del país” y tenía contactos con el alto Clero católico, cuyo apoyo era indispensable para garantizar la pacificación del país.
Además de estos convenientes antecedentes, Carmen era guapa y amable. Su romance comenzó mientras ella le impartía clases de inglés. Pronto el general comenzó a interesarse mucho por su institutriz. El caso es que Porfirio ya decidido le envió una carta de amor, “lo suficientemente sincera como para que Carmelita la tomara en serio”, opina Villalpando.
En su misiva el mandatario expone claramente sus sentimientos: “Yo debo avisar a usted que la amo. Comprendo que sin una imperdonable presunción no puedo esperar que en el ánimo de usted pese otro tanto, y por eso no se lo pregunto; pero creo que en un corazón bueno, virgen y presidido de una clara inteligencia como el de usted puede germinar ese generoso sentimiento, siempre que sea un caballero el que lo cultive y sepa amar tan leal, sincera y absolutamente como usted merece y yo lo hago ya de modo inconsciente”.
Aconsejada por sus padres la señorita Romero Rubio aceptó los galanteos que, como era de esperarse, los llevaron al pie del altar el 7 de noviembre de 1881, impartiéndoles la bendición nupcial el arzobispo de México (Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos). Pasaron su luna de miel en Nueva York, ciudad en la que estuvieron acompañados por el suegro Manuel, quien desde ese momento se convirtió en el principal consejero político de Díaz.
En los hechos, Carmelita siguió fungiendo como maestra de don Porfirio. Lo educó, lo pulió y hasta le cambió el color de la cara, pues lo maquillaba todos los días con polvos de arroz, disimulando el tono moreno de su piel. Le enseñó a subir las escaleras sin correr, a comer con cubiertos y no hablar mientras masticaba los alimentos, a no escupir en la alfombra y, lo más importante, lo hizo acordar con el Clero una tregua en la que el presidente dejaba sin efecto gran parte de las Leyes de Reforma, mientras que la Iglesia apoyaba totalmente la reelección continua de Díaz como presidente de la república.
Es probable que el amor haya surgido entre los esposos a pesar de la diferencia de edades. Por lo menos eso indica el que, a partir de este enlace, el general oaxaqueño dejó los amoríos pasajeros. Si bien no tuvieron hijos, los unió algo quizá superior al amor: “Ser la pareja que mostraba a México y al mundo lo que era la estabilidad matrimonial”, apunta Villalpando. Los 2 desempeñaron muy bien su papel y todo hace suponer que fueron felices.
Carmelita acompañó a su marido al destierro en 1911 y estuvo presente a la hora de su muerte, ocurrida 4 años después en París. “Cuando le cerré los ojos y lo besé por última vez, creía morir también. Realmente el corazón sucumbiría al dolor si no sintiéramos dentro de él la seguridad de que esta separación es tan sólo pasajera ausencia”, apuntó la viuda en una misiva. Ella murió el 25 de junio de 1944, casi 13 años después de haber retornado al país.

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